Partido Nº 35: LA CRÓNICA
Un jugador diferente…
¿Qué sería de los encuentros futbolísticos de cada jueves sin toda esa andanada de emails que circulan durante la semana entre los integrantes del plantel planexwerense, saturando el servidor de la empresa a fuerza de insultos, provocaciones y difamaciones? ¿Acaso esta propia crónica que ameniza la mañana de los viernes podría tener razón de ser si no existieran antecedentes literarios tan jugosos como los volcados en los correos que intercambian los integrantes del equipo cada día? Sin dudas esta masa digital de palabrería infernal conforma el tronco que sostiene la liturgia futbolera de esta camada de individuos, y los editores de este humilde medio han decidido brindarle el espacio que merece a partir de la próxima edición, no sin la necesaria censura previa y selección adecuada, que permita mantener el decoro que debe reinar en un ambiente laboral civilizado (¿?).
Si bien los insultos y viles acusaciones se reparten a mansalva entre todos los integrantes por igual, en lo que va del año la contienda se está polarizando en dos sectores bien identificables, liderados por dos miembros del plantel que van camino a convertirse (si no lo son ya) en dos archi-enemigos irreconciliables: L. Barrionuevo y J. Bilbao. Cual Saddam y George W.; Clarín y los Kirchner; Tom y Jerry, nuestros compañeros tensan la cuerda durante la semana con mensajes hostiles, generando una atmósfera de rivalidad que perdura y se hace más espesa todavía en el propio escenario de juego. Allí, estos titanes aguerridos se muestran los dientes con cada jugada, se refriegan el uno al otro los aciertos en su propia cara y ya no disimulan los insultos, llegando incluso hasta el manoseo impúdico, delante de los absortos miembros del resto del plantel.
Sin embargo, la crónica del partido número 35, y segundo de la temporada 2010 está dedicada casi en exclusiva a destacar las características de un jugador diferente, con signos distintivos que lo hacen sobresalir cada jueves en la alfombra verde del Partenón. No estamos hablando precisamente de Pulito, que ayer, para disipar dudas generadas injustamente sobre su color futbolero, llegó al estadio con la casaca de Boca. Sin embargo, a juzgar por el pobre papel demostrado en la contienda, se le podría sugerir (de buena onda nomás) que la próxima venga con la camiseta del bicho (su otra pasión) o bien que se vuelva a rapar. Quizá esa pelusa que ostentaba ayer en su mollera genere menos respeto entre sus contrincantes que su cabeza rapada.
Tampoco estamos hablando de Pocholo. Su aparición espontánea esta semana en la plaza, así, como saliendo de la nada, justo en el momento en que se lo estaba llamando para confirmar su asistencia al partido, fue una demostración impactante de la magia que es capaz… pero que se agotó en aquel hecho. Otros deslizaron que el verdadero problema futbolístico del amigo Pocho pasa exclusivamente por una extraña enfermedad que lo afecta, de la cual se conocen pocos casos aislados en la actualidad: es de Ferro.
El que parece no obedecer a la lógica de la pasión por los colores es L. Barrionuevo, ya que su actuación fue verdaderamente destacada y quizá el factor desestabilizante más contundente que le dio el triunfo al equipo negro. ¿Quién diría que ese torbellino de gambeta y pases impecables que vimos ayer para el deleite de todos, lleva adherida a la piel la albiceleste? Sorpresas del universo fulbolero che… De todas formas, muy probablemente su especial incentivo demostrado ayer se deba a la buena cosecha de suspiros que viene arrancando del público femenino en las oficinas de PLX… “es el más lindo” se escuchó decir por Consultoría. El pibe está en la cresta de la ola, y lo expresa sin prejuicios!... Pero tampoco nos referimos a él cuando decimos que hubo alguien que marcó la diferencia… Cuando hablamos de un jugador diferente, hablamos de eso, de algo nunca visto.
Para argumentar mejor nuestro juicio, y para que vean que este medio es cada vez más imparcial a la hora de impartir observaciones, he aquí las pruebas que sostienen nuestras afirmaciones.
El partido arrancó parejo y se mantuvo sin goles casi por veinte minutos, lo cual es toda una rareza en los clásicos encuentros planexwerenses, donde se arriba a esta instancia del juego con el marcador ya abierto, y por varios tantos.
Al cabo las casacas negras abrieron el marcador, con un gol de Lean Brazuca Oliveira… Era un aviso de lo que este muchacho surgido de los potreros de los suburbios de Caracas era capaz de hacer en una tarde que lo catapultaría a la historia. El empate rojo no tardó en llegar, y luego otro gol de los negros, y otro rojo, y la cosa era así de pareja. Pero llegó el momento en que el muchacho de los cabellos rizados le tocó ir al arco. Fue un hecho trivial e inadvertido, pero que definiría el devenir del encuentro.
Es que este hecho fortuito desencadenó una arremetida de los de casaca negra que apabulló a los rojos hasta llevar el marcador a 4, 5 y más goles de diferencia. Fue un momento memorable, de extravagancia deportiva, de pases sincronizados con precisión, de gambeta de lujo y contundencia en la definición. Se lo veía a Bilbao (capitán del equipo rojo) realmente compungido, y por primera vez se sintió más preocupado que lo que estuvo toda la semana con su tobillo convaleciente. L. Micheloni, F. Brito y la Chancha Ledesma estaban desorientados, no podían pasar el medio de la cancha y hasta esos puntinazos que los caracterizan habían sido neutralizados.
Y justo cuando se iba a apelar al buen raciocinio colectivo; segundos antes de que se detuviera el juego para proponer una distribución más justa de los componentes para que no hubiera tanto afano, justo ahí el inefable venezolano dijo basta. Había pasado una fracción importante del partido y Oliveira se aburría en el arco. Entonces llegó esa jugada polémica, extraña, sembrada de dudas, que terminó en un agónico gol para los rojos. Esto (según las reglas del club) significa que debe realizarse cambio de arquero, por lo que el hombre de la tarde volvió al centro de la escena… y todo volvió a la normalidad. En un santiamén el partido volvió a su cauce normal, el marcador volvió a balancearse y la preocupación del Zar de disolvió, regenerándole la esperanza y devolviéndole el color a su rostro.
El equipo negro ganó con justicia, con fútbol. Supo aprovechar el buen momento de algunos de sus componentes, fue un justo merecedor del título. El equipo rojo supo defenderse y tuvo momentos de brillo, especialmente al final del encuentro, cuando Bilbao y la chancha Ledesma se conjugaron en paredes sincrónicas que no pudieron ser derribadas salvo con fules groseros e innecesarios.
Pero queda claro en esta crónica que el dueño de la tarde, el héroe de la jornada, el componente desequilibrante, el jugador diferente, el que marcó el carácter y destino del encuentro, el dueño exclusivo e indiscutible del título 35, ese hombre es el Brazuca! Todos los honores para nuestro compañero.
F.F.
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